Enfermedades genéticas
Síndrome de Apert
Producido por una mutación generalmente espontánea
en el cromosoma 10, el síndrome de Apert afecta a
1,2 nacidos vivos por cada 100.000. Quienes lo
portan presentan terminación craneana en punta, ojos
saltones y separados y maloclusión. También aparecen
los dedos de pies y manos unidos. Su tratamiento
requiere de cirugía y el aporte de otras
especialidades para la atención de las distintas
consecuencias que se derivan de la prematura fusión
de los huesos craneanos, lo que hace que el cerebro
no encuentre espacio suficiente para desarrollarse.
El grado de compromiso depende de la intervención
temprana.
Descrito por el médico francés Eugène Charles Apert
(1868-1940) en 1906, se trata de una afección de causa
genética, con una incidencia que varía entre el 2,23
entre los de origen asiático y 0,76 entre los de
ascendencia latina, siendo su media mundial de
aproximadamente 1,2 por cada 100.000 nacidos vivos,
sin prevalencia de sexo.
Se produce por una alteración de génesis desconocida
en el brazo largo del cromosoma 10, más
específicamente en el gen denominado FGFR2 (Fibroblast
Growth Factor Receptor 2 –Fibroblasto receptor del
factor de crecimiento 2-).
Los huesos craneales de los recién nacidos no aparecen
totalmente soldados. La caja craneana suelda
definitivamente varios meses después del nacimiento,
puesto que el cerebro de los bebés continúa creciendo,
por lo que su receptáculo ha de tener la suficiente
plasticidad como para permitirle el desarrollo. De
hecho, al año de vida, la masa encefálica se habrá
triplicado en volumen, y a los dos llegará a cuatro
veces su tamaño original.
Lo que ocurre entre los Apert es que los huesos de la
cabeza se acoplan prematuramente, por lo que el
cerebro no halla un recinto apropiado para su
expansión (craniosintosis). Asimismo, y por el mismo
motivo, el tercio del rostro que va desde las cuencas
orbitales de los ojos hasta el malar superior,
inclusive, presenta un desarrollo defectuoso o menor
que el resto del conjunto, lo que les da a estas
personas su aspecto particular: cabeza con terminación
superior en punta, ojos saltones (por escaso
desarrollo de las órbitas) y separados y cierre
dificultoso de la boca (maloclusión). También suele
producir paladar ojival y fisura palatina, además de
presentar una lengua de dimensiones mayores que las
comunes.
Otra peculiaridad que se advierte es la sindactilia,
es decir, la fusión de dos o más dedos de manos y
pies, sea por la parte ósea o por el tejido
subcutáneo, que puede comprometer usualmente a dos o
tres de ellos, aunque hay unos pocos casos en que
todos se hallan unidos.
Diagnóstico
Su diagnóstico se realiza por radiografías de
cabeza y extremidades, en las que los huesos aparecen
unidos. Sirve sólo para confirmar la existencia del
síndrome.
Es posible realizar estudios genéticos previos en el
recién nacido, para verificar la disfunción genética.
En los padres, determinará la posibilidad de su
transmisión a los hijos.
Consecuencias
Quienes padecen este síndrome sufren de hipertensión
intracraneal, es decir que, al no hallar el cerebro el
espacio adecuado, presiona contra las paredes. Ello
puede llevar a retraso mental, edema de papila,
complicaciones neurológicas y hasta ceguera por
atrofia óptica, así como los riesgos propios de la
alta presión a que se ve sometido este órgano. También
es usual la pérdida de audición e infecciones en el
oído. Del mismo modo, son habituales los problemas
respiratorios, al hallarse obstruidos los conductos
nasales por malformación, lo que llega a causar apnea
del sueño, que, en casos severos, puede llevar a la
muerte.
En alrededor del 68% de ellos se producen fusiones de
la espina dorsal, normalmente entre la quinta y sexta
vértebras. También son frecuentes las anquilosis de
hombros, codos y de las articulaciones de las caderas
y malformaciones en los cartílagos traqueales.
Aproximadamente el 10% de los casos sufre diversas
anomalías cardiovasculares; algo más del 9% problemas
genitourinarios y unos pocos (1,5%) inconvenientes
gastrointestinales.
Si bien señalamos la posibilidad de retraso mental,
éste varía según cuándo se haya producido la fusión de
los huesos craneanos (cuanto más precoz, más
posibilidad de retraso) y a la premura con que se
inicie el tratamiento. De hecho, algunos sujetos
presentan distintos grados de retraso mental, mientras
otros son perfectamente normales en este aspecto.
Tratamiento
Se recomienda la intervención temprana, antes de
los seis meses de edad. Ésta consiste fundamentalmente
en un tratamiento quirúrgico, destinado a descomprimir
el espacio intracraneal, mejorar la respiración y
permitir el desarrollo cerebral, sin descontar los
aspectos estéticos, lo que se realizará recién a
partir de los seis años.
Para ello, se requiere la concurrencia de distintas
especialidades, entre ellas, cirujano craneal, de
boca, neurocirujano y cirujano estético. Es usual que
se realice una serie de operaciones, hasta la época de
la preadolescencia.
También se requerirá la labor conjunta de otras
especialidades, tales como fonoaudiología, psicología,
otorrinolaringología, oftalmología y ortodoncia, para
ocuparse de los diversos aspectos de este síndrome.
De igual modo, la unión de los dedos requiere de
cirugía, la que se realizará para separarlos en
distintas etapas y será necesario efectuar injertos de
piel. El médico es el responsable de decidir la
factibilidad de su factura y cómo se realizará. En
ocasiones, ésta dependerá del compromiso vascular de
la unión y del grado de dificultad que presente, lo
que determinará que se realice o no. Generalmente, se
recomienda no hacerla para los dedos de los pies,
excepto que se vea dificultada la capacidad motriz.
Es conveniente la estimulación temprana y la
intervención de un terapista ocupacional para que
enseñe al niño cómo utilizar sus manos, antes y
después de la parte quirúrgica.
¿Enfermedad hereditaria?
Si bien la mayoría de los casos se producen
espontáneamente, sin que haya antecedentes familiares,
que alguno de los padres posea el síndrome es otra de
las causas de su aparición.
En este sentido, hay un 50% por ciento de probabilidad
de ello. El hijo que no se vea afectado, tiene las
mismas posibilidades que cualquier otra persona de que
su prole contraiga Apert (1,2 sobre 100.000). Ello es
así porque todo ser humano obtiene la mitad de sus
cromosomas de cada uno de sus padres, por lo que
dependerá de que el cromosoma 10 lo aporte aquel que
tiene el síndrome.
En los casos en que se produjo por contribución
hereditaria, y no por mutación espontánea del gen
señalado, parece tener incidencia la mayor edad de los
progenitores, especialmente el padre. Así, se señalan
en algunos estudios los 35 años y en otros los 50 para
que la frecuencia sea mayor, siempre teniendo en
cuenta la baja probabilidad que el Apert importa.
La calidad de vida para los que portan este síndrome,
como para todos los demás, depende siempre de la
intervención temprana en su tratamiento, de la
estimulación y de la ocupación y del amor que su
entorno le aporte a estas personas.
Ronaldo Pellegrini
ronaldopelle@yahoo.com.ar