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Trastornos severos de conducta
Trastornos violentos en la edad escolar
Nuevos tipos de discapacitados son diagnosticados
en todo el mundo y nuestro país no es la
excepción. Son los niños con trastornos severos de
conducta, que en casos extremos son derivados a la
escuela especial para “trastornos emocionales
severos”. Las derivaciones se sustentan,
curiosamente, con una mínima mención de problemas
académicos: “es vago, no estudia”; pero sí con
prescripciones mayoritariamente conductuales: “es
agresivo”, “molesta todo el tiempo”, “grita y
pega”, “insulta”, “cuando se enoja destruye hasta
sus propios juguetes”, “es imposible de aguantar”.
La escuela
La escuela y los maestros deben seguir una
apretada currícula en un aula con veinte, treinta,
y aun más niños, arrastrando muchas veces sus
propios problemas. Deben enseñar a una masa de
niños con distintas historias y personalidades y
hasta con distintas capacidades. Hoy los niños
manejan sofisticados programas en computadoras,
con intereses muy restringidos, a veces egoístas,
sobreagendados y viviendo en una sociedad
vertiginosa. Pero existen niños que “llaman la
atención” por otros motivos: impiden el desarrollo
normal de la clase, molestan, no realizan las
tareas en el hogar, alborotan, pegan, arruinan
bancos y baños, son agresivos, son violentos y
explosivos, imparables, aun a pesar de las
sanciones que se les impongan.
La familia
Los padres manifiestan haberlo “intentado todo”:
deportes, recreación, imponer autoridad, fijación
de reglas, premios, castigos, disciplina. Fueron
mil veces citados por el “gabinete escolar” y lo
llevaron a la psicóloga, psicopedagoga hasta el
cansancio, y aun al psiquiatra infantil quien
seguramente le recetó antidepresivos y
psicofármacos, los que dieron algún resultado o
no. Un padre comentaba que él jamás imaginó vivir
una vida así de imposible, que el psicólogo le
diagnosticó un “desacomodamiento entre el lenguaje
y la imagen corporal” pero: ¿que puede hacer
cuando él pega e insulta a sus hermanas menores,
cuando es suspendido de la escuela, echado del
equipo de fútbol?
En tanto: ¿Qué hace un maestro de grado con un
niño/a con un “desentendimiento entre el cuerpo y
el lenguaje”? Para traducirlo a un modo
entendible, el niño/a en cuestión, ese alumno,
puede padecer una forma de autismo llamado DAMP
(trastorno del desarrollo de la coordinación),
síndrome de Asperger, trastorno desintegrativo
infantil, desorden semántico pragmático, ADHD o
síndrome de déficit de atención con
hiperactividad, trastorno obsesivo compulsivo (TOC-ODD),
trastorno de la impulsividad, síndrome de Tourette,
trastorno disocial en niños socializados,
trastorno disocial sin especificación F91,
trastornos disociales con comportamiento
abiertamente disocial o agresivo (F91.0-F91.2),
trastorno bipolar y depresión, trastorno del
aprendizaje no verbal (non verbal learning
disorder), trastorno semántico-pragmático (SPD) o
el trastorno oposicionista desafiante de la
adolescencia (ODD).
Son niños con serias dificultades en la
comunicación y la socialización, por supuesto con
problemas de aprendizaje y adaptabilidad al medio,
con baja, mala o nula tolerancia a la frustración,
con conductas violentas y aun explosivas. Suelen
tener graves problemas en la escuela o en el
hogar, o en ambos. Sus maestros no los toleran y
son frecuentemente señalados, amonestados,
suspendidos, trasladados de una escuela a otra,
enviados a escuelas especiales o directamente
expulsados del sistema. La vida familiar es muy
parecida a un calvario en el que nadie halla paz o
satisfacción y la situación se torna
repentinamente violenta e incontrolable.
Siempre existieron aquellos que fracasaban en la
escuela y eran expulsados, aquellos que eran
derivados a instituciones psiquiátricas, sólo que
ahora contamos con otras facilidades diagnósticas
y podemos dar soluciones más razonables que
entonces.
Rastreando los orígenes
Todos los padres y pedagogos saben de los
niños alrededor de los dos años. Los “terribles
dos...” cuando el niño carece de límites y todo lo
intenta a base de berrinches y llantos
descontrolados e impulsividad. Los niños son
inflexibles y se frustran fácilmente,
incrementando la intensidad de las emociones más
violentas. No pueden decir “estoy mojado”, “tengo
calor”, “no entiendo”, “tengo hambre”, “estoy
cansado”, “no puedo manejar esta situación”. Este
período no suele durar mucho tiempo; los
“terribles dos” pasan y el niño aprende que debe
esperar entre el deseo y la satisfacción de sus
necesidades. Aprende a base de frustraciones y
desarrolla la tolerancia, comienza a pensar no en
“blanco y negro”, sino en “grises”. Esta fase de
adaptabilidad al mundo le requiere constantemente
el control de las emociones, la interacción con
los demás en un continuo desarrollo de la
capacidad para la resolución de problemas.
Es difícil imaginar un día en la vida de un niño
que no requiera de flexibilidad, adaptabilidad y
tolerancia a la frustración. Basta imaginar un día
planeado para visitar un parque de diversiones que
se tenga que suspender por problemas climáticos, o
que dos niños se encuentren a jugar y deseen hacer
cosas distintas, o que el niño esté “enganchado”
con un jueguito de computadora y sea la hora de
cenar, o que alguien esté mirando un programa de
TV en el horario que él desea ver su programa
predilecto o que la comida que hay no sea de su
satisfacción. Así, el niño aprende a que en
determinados días con inclemencias se hacen otras
actividades que las que se efectúan al aire libre,
que si su amigo desea hacer otro juego o
actividad, podrán turnarse para satisfacción de
ambos, que en horarios de comidas las otras
actividades deben cesar o posponerse, que deberá
negociar con quien ocupe su horario de TV o buscar
un alternativo o que hay días en que la comida no
es tan rica, pero otros sí. Para todo esto se
requiere organización y control de los impulsos,
que son indispensables en la evolución del
pensamiento y estos niños (1,5 o 2,5 %) son
notoriamente impulsivos y desorganizados.
Todos esperamos que los niños desarrollen estas
cualidades y seguramente ningún niño optaría
voluntariamente por ser “frustrado y explosivo”,
es éste un estado donde “nadie gana”: ni los
padres, ni los maestros y menos aun, el niño en
cuestión.
Bases teóricas
El psicólogo norteamericano Borrough Skinner
fue el pionero en la enunciación de que la
conducta problema tiene un fin: el mismo podría
ser el que realice el evento a los efectos de
cesar con algo displacentero, u obtener beneficios
materiales, o la necesidad de llamar la atención.
Iwatta (1998) señala que habría casos
(principalmente con conductas autolesivas) en que
tales conductas podrían realizarse también por
“eventos instituidos”, tales como tumores, caries
o calambres. Endelman (2001) menciona que algunas
conductas autolesivas podrían tener que ver con
efectos “dopocinérgicos”, pudiendo golpes y aun
severas lastimaduras producir en el individuo
placer debido a la liberación de endorfinas en la
sangre. O sea que la conducta (y la conducta
problema en este caso), de una u otra manera su
función está siempre en la obtención de un
beneficio, ya sea éste obtener algo, llamar la
atención, comunicar, expresar dolor, sentir
placer.
Hoy la ciencia nos permite, por medio de nuevas
tecnologías, averiguar el fin de la conducta
problema. Ahora… ¿es así en el caso de nuestros
niños frustrados, explosivos y violentos? Skinner
también dijo que no todas las conductas tienen una
función y Freud, en un extenso artículo, su título
enfoca el nódulo de lo que tratamos: “Más allá del
Principio del Placer”, diciendo que la vida
psíquica es regida por el principio del placer. En
algunos casos se repiten situaciones penosas,
siendo imposible encontrar en ellas elemento
placentero alguno. Esta obsesión de repetición
parece ser más remota, más básica, más primitiva y
más instintiva que el principio del placer al cual
sustituye. Es así que Freud buscará una
explicación en los niveles más arcaicos, que ya
son territorio de la biología. Como dice al final:
“debemos ser pacientes y esperar la aparición de
nuevos medios y motivos de investigación, pero
permaneciendo siempre dispuestos a abandonar, en
el momento en que veamos que no conduce a nada
útil, el camino seguido durante algún tiempo”.
Como bien dicen Freud y sus colaboradores, cuando
escribieron ese artículo, aún no tenían los medios
tecnológicos suficientes para averiguar todo lo
necesario y poder así verificar o refutar su
propia teoría. Por ello, lo expuesto en su trabajo
son hipótesis que en ese momento no podían
confirmarse.
Elementos tecnológicos
Hoy contamos con las neurociencias, y las más
importantes universidades del mundo que son
aquellas que investigan, están dilucidando
conjuntamente con científicos el genoma humano y
el mapa del cerebro, quienes por medio de EEG, TAC,
RMN, PET, SPECT, etc., (electroencefalograma,
tomografía axial computarizada, espectroscopía de
resonancia magnética nuclear, tomografía por
emisión de positrones, tomografía por emisión de
fotón único respectivamente), tan poderosos y no
invasivos (no quirúrgicos), pueden mostrarnos lo
que un siglo y medio atrás eran sólo conjeturas.
Los niños con trastornos severos, tales como los
citados, presentan alteraciones, desde una
disfunción cerebral mínima hasta cuestiones más
severas. La severidad de los cuadros se está
determinando recién, pero la complejidad de la
investigación no permite ahora aventurar
soluciones, por lo menos no a breve plazo.
Ante una frustración, un niño puede llorar o tener
un berrinche. Solemos consolar al niño que llora y
enfrentar con sus propias armas al desafiante.
Somos ciertamente más contemplativos con un
pequeño que es desafiante que con uno más grande,
aunque seguramente no tendremos complacencia
alguna con un adulto: la manifestación es
semejante, variará el objeto, pero en el continuo
que es la vida, sabemos que si no paramos el
desarrollo de ciertas conductas a tempranas
edades, se convierten luego en problemas
psiquiátricos o penales.
Muchos de estos niños reaccionan muy bien a las
medicaciones específicas, frenando -aun para
siempre- los comportamientos. En otros no, o tan
sólo parcialmente. Lamentablemente una de las
causas por los que los comportamientos violentos y
explosivos están tan arraigados en estos niños es
debido a la cantidad de tratamientos fallidos
realizados.
Aproximaciones terapéuticas
Suelen no ser efectivas. La Psicología
dinámica (psicoanálisis) pretende encontrar la
“causa primigenia” y, mediante el juego,
escenificar el drama. Sostiene Varela (2007) que
“las familias a las que estos niños pertenecen,
distan mucho de constituir el “nido afectivo”.
Esto -pasar la culpa siempre a la familia y buscar
el “hecho traumático” causante-, a pesar de que
Freud lo hallara imposible, ya que no está en el
niño el conocimiento de dicho hecho sino ligado a
cuestiones tan primitivas como su formación
neuronal.
Las aproximaciones sistémicas buscarán en el
síntoma la estrategia familiar por la cual quien
lo desarrolla expresa el problema de ese grupo: en
sí, familias destruidas, cada uno haciendo su vida
sin tener en cuenta a los otros, divorcios y
hermanos con problemas de adicciones. “Seguramente
aquel que tenga comportamientos violentos en la
escuela padecerá una severa disfunción en la
familia. No existen los niños violentos… La
violencia escolar viene de la mano de la familiar
y la comunicación entre ambas es bidireccional.
Ahora bien, se puede “invertir la causa de la
prueba”: ¿Y si son los comportamientos violentos y
explosivos del niño los causantes de la situación
de crisis familiar? ¿Si esa familia ante la falta
permanente de respuestas acertadas de parte de
innumerables profesionales no halló otra forma de
sobrevivir? Seguramente no hay una respuesta para
todos, pero sostenemos acá que no todos los niños
violentos provienen de familias violentas, los
hay, pero no todos.
Otros pretenden trabajar sólo sobre las
consecuencias: de ser éstas penosas, no tenderían
a repetirse, pero de ser reforzadas mediante
recompensas, tenderían a ser más frecuentes. Un
buen análisis funcional daría las claves de tales
situaciones. Entonces, ¿por qué se repiten con
tanta frecuencia y en el tiempo pese a ser las
situaciones violentas penadas? ¿Por qué pese a ser
reforzadas positivamente el niño no cambia y
continúa con los comportamientos violentos y
explosivos?
No siendo tan efectivas las medicaciones, fallando
las aproximaciones terapéuticas tradicionales y
creciendo el problema en forma casi epidémica, ¿es
sólo consuelo lo que podemos brindar a las
resignadas y sufridas familias con niños
desafiantes, violentos y explosivos?
La Psicología científica
Podemos decir en este punto el monólogo de
Sherlock Holmes al Dr. Watson: “Si la evidencia
cambia, debemos cambiar la teoría”. O sea no es
posible que los investigadores y terapeutas
empleemos con un trastorno psiquiátrico mayor las
mismas tecnologías y supuestos que usamos para
trastornos menores. Son estos problemas severos en
él que el profesional sin experiencia debiera
excusarse y no experimentar con niños sin un marco
de protección adecuado. Lamentablemente es esto
una mera expresión de deseos sin pretensiones de
desanimar a los padres en la búsqueda de
soluciones. No pretendemos en la extensión del
presente artículo dar las soluciones para el
tratamiento de estos niños impulsivos, explosivos
y violentos, pero sí decir que pueden tener
esperanzas, que hay métodos de intervención
posibles y con un buen nivel de éxito cuando se
combinan en el tratamiento terapéutico del niño,
el consultorio, el domicilio y la escuela.
Por cierto, si las soluciones no las hallamos en
el pasado o en la familia ni contamos con las
consecuencias, el lugar que nos queda por
desarrollar una intervención efectiva es el
momento previo a la “explosión”. Podemos así,
utilizar:
- Apoyos al comportamiento positivo como una de
las bases del trabajo, y reconociendo siempre al
niño cuando se está portando bien.
- Tener como regla básica el que por cada reproche
tenemos que matemáticamente darle 5 palabras de
aliento.
- Evitar dar contestaciones que frustren e
incrementen el “escalamiento” de las conductas
violentas del niño.
- Ignorar ciertas conductas es también una
saludable actitud.
- Ignorar y no darle importancia alguna al momento
del berrinche, quitando toda la energía posible a
dicho comportamiento.
- Mantener la comunicación en todo momento; que,
restablecida la misma, el niño pueda expresar sin
temor al castigo cuando comienza a sentirse mal y
se aproxima el momento de la “explosión”.
- Proporcionar al niño un espacio en la casa o la
escuela donde pueda “refugiarse” cuando se siente
mal, evitando la provocación de terceros.
- Cuidarse en dar respuestas que sean agresivas en
sí mismas: en lugar de decirle “no grites”,
preguntarle si puede hablar más bajo.
- Modelar el comportamiento del niño a partir de
modelar el propio (cuidadores, maestros, padres y
familiares) mediante técnicas de manejo de la
agresión de manuales de intervención en crisis y
utilizando técnicas de relajación.
- Nunca emplear amenazas de castigos que luego no
serán llevadas a cabo.
- Las demandas de los padres y maestros deben
adecuarse a las posibilidades de entendimiento del
niño con conductas problema, aunque marque una
diferencia con el resto del aula, no es por su
medio que el maestro debe “dar mensajes” al resto.
- Asimismo, deben cuidar su seguridad, hacerle
entender al niño las cosas que no pueden
negociarse, pero también las que sí (horarios,
tipos de comidas, turnos, realización de tareas,
etc.) y por supuesto, decidir que lo que no es
importante, debe ser rigurosamente ignorado.
Para los casos más severos la Psicología
científica cuenta con una gran cantidad de
experiencias y elementos tecnológicos que por
medio de tratamientos científicamente validados,
novedosos, nada sencillos ni económicos y que
requieren una gran cantidad de horas de trabajo,
entrevistas, planificación, establecimiento de
acuerdos básicos y generales entre los distintos
actores, la estricta vigilancia de las
medicaciones, el seguimiento puntual de las
conductas, el trazado de cuidadosas agendas, la
medición de las variables en frecuencias,
intensidad de los episodios violentos, la
preparación de todos los involucrados para
trabajar siempre proactivamente, o sea en el polo
opuesto a las consecuencias (reactivamente), en el
estudio y previsión de las causas. Asimismo,
existen fracasos en el tratamiento, tanto por su
aplicación como por la severidad del trastorno.
Ciertamente los niños explosivos no disfrutan de
sus estados emocionales, más bien los padecen y
sufren. Cada situación violenta les causa una pena
inmensa y un dolor insoportable. Son incapaces de
manejar tales comportamientos y de contener su
impulsividad. La agresión en sus muchas formas es
la consecuencia lógica de tal estado.
Podemos ahora empezar a comprender a ellos, a sus
familias y a la escuela con propuestas efectivas
que tiendan a una mejor calidad de vida.
Claudio Hunter-Watts
E-mail de contacto:
claudiohunterwatts@gmail.com
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