Juego y escolarización: ¿dos conceptos
incompatibles?
El juego, los juegos asumidos por los alumnos y la
posibilidad de jugar, son indicadores de su
evolución, su desarrollo, sus necesidades e
intereses. En muchos casos, también presentan, en
correlato con el desarrollo del lenguaje, la
posibilidad de plasmar en papel por medio del
dibujo o la escritura sus representaciones
mentales o capacidad ideográfica y en otros casos,
ponen en evidencia y se sostienen en el desarrollo
motor.
Cuando el docente desconoce, omite o no significa
adecuadamente el valor del juego y las opciones de
trabajo ulterior que la instancia lúdica puede
propiciar, quedan desvanecidos muchos aspectos de
la evolución infantil, o por lo menos no se
registran. La escolarización en algunos casos no
acompaña la evolución natural de los alumnos, se
pierde la posibilidad lúdica a medida que se
transita por los años o grados superiores y esto
trae como consecuencia el desinterés de los
alumnos.
¿Cómo resignificar el valor del juego?
Uno de los caminos posibles para empezar a diseñar
respuestas apropiadas es el análisis del recorrido
del juego en el niño y su expresión inicial a
partir del vínculo materno. Conviene para ello la
referencia que Winnicott hace sobre esto, en ideas
de Bowlby. Dice: “A Bowlby (1958) le interesó
particularmente hacer tomar conciencia al público
de la necesidad que tiene todo niño pequeño de un
cierto grado de confianza y continuidad en las
relaciones externas”1. Este vínculo es fundante
para la constitución de la subjetividad y para las
relaciones sociales ulteriores.
A partir del reconocimiento de que esta confianza
básica se genera y construye en y desde el vínculo
materno, y que es posibilitadora a su vez de
autonomía en situaciones ulteriores, es
conveniente conceptualizar planteos sobre la
función materna, de sostén, interlocutor válido,
decodificadora, presentadora de la realidad...
Para posibilitar el desarrollo y la equilibración
de las estructuras cognitivas, el desempeño
psicomotor y el desarrollo socio-afectivo, también
es clave la función docente. Al decir de Di Pego:
“La ayuda contingente sólo puede brindarse cuando
el docente es capaz de detectar, por la evaluación
permanente, las necesidades de los alumnos”2.
El planteo es generar reflexiones sobre qué puede
hacer la escuela para constituirse en un objeto
posibilitador del desarrollo infantil, básico para
el incremento de las potencialidades, tomando al
juego como instrumento de cambio de las prácticas
pedagógicas.
¿Qué se pone en juego al jugar?
- Pone en acción las fantasías.
- Genera socialización.
- Procesa situaciones conflictivas.
- Acepta reglas.
- Trasluce problemáticas propias de la evolución
infantil.
- Pone en escena necesidades, intereses,
posibilidades y carencias.
El jugar y la disponibilidad para jugar, tiene su
propia construcción histórica, por tanto,
analizando un recorrido de la evolución infantil,
se pueden determinar algunos indicadores que
colaboran para que desde la escuela los docentes
comprendamos un poco más acerca de por qué un niño
asume determinadas funciones lúdicas, o qué lo
atrapa y le impide poder jugar.
La posibilidad del niño de “ponerse en juego” al
jugar tendrá que ver con sus necesidades,
intereses, deseos, disposiciones internas que lo
constituyen como tal, sus experiencias anteriores,
hasta las más primarias y primigenias, las propias
del fundante vínculo materno. Dice Winnicott sobre
la función materna: “A partir de estas
consideraciones es posible agrupar en tres
categorías la función de una madre suficientemente
buena en las primeras etapas de la vida de su
hijo:
1) Sostenimiento (Holding).
2) Manipulación.
3) Mostración de objetos”3.
Paulatinamente, gracias a las disposiciones
internas y al sostenimiento e influencia
favorecedora del contexto, el proceso de
separación e individuación va dando lugar a nuevas
construcciones lúdicas, el niño puede conquistar
un espacio más allá de su propio cuerpo y
prescindir del otro, surge así la escena del
objeto precursor, el fort-da. “Justamente en el
juego de presencias y ausencias que es el fort-da,
el niño podrá ya jugar sin la presencia efectiva
del otro”4.
La bipedestación, el control de sus percepciones y
movimientos contribuyen al enriquecimiento de las
posibilidades de jugar y también a la asunción de
diferentes juegos. Es nuevamente Levín en La
infancia en escena, quien agrega: “Cuando ya puede
caminar sin estar tan preocupado por su eje
corporal y su equilibrio, es común que el niño
juegue arrastrando por todo el escenario lúdico un
juguete atado a un hilo”.
Desde estos primeros juegos notablemente apoyados
en construcciones dadas desde el desempeño motor
es que el cuerpo se pone en juego al jugar. Las
construcciones lúdicas posteriores no desechan
estos primeros esquemas sino que se construyen
gracias a ellos, con más potencialidades y
variando las necesidades y los intereses.
Seguramente uno de los referentes epistemológicos
más valiosos para la interpretación de las
conductas lúdicas es el psicoanálisis, sin por
ello descartar el aporte de la psicopedagogía, que
puede instrumentar al docente sobre las múltiples
relaciones existentes entre juego y aprendizaje.
Desde la lectura de Di Pego se puede establecer
una analogía entre la función materna y la función
docente en tanto sostenimiento, mostración y
mediación con la realidad, es por ello que aunque
resulte redundante traigo nuevamente nociones de
la primera infancia, para que se comprenda
claramente la importancia de un registro
anecdótico claro de los alumnos, para comprender
su historia y desde allí colaborar con la
construcción de su porvenir, y al mismo tiempo
para aguzar la mirada y la posibilidad
interpretativa de los elementos que se ponen en
juego al jugar.
“Caricias, paciencia, arrullos, palabras, sonrisas
son bienes que atesoran el futuro psíquico del
niño pequeño; ofrendas de amor que generan en la
cría deseos y confianza en la vida, más allá de la
relación biológica que los relacione con la
persona que se los otorga”5.
Juego y educación formal
Aparece como interesante reconocer qué sucede
con el juego desde los inicios de la presencia del
niño en el sistema educativo formal.
Ya desde el jardín maternal el juego aparece como
un elemento clave para el aprendizaje. El rol
docente cobra significación para la colaboración
con el desarrollo infantil. “El arte del docente
consiste en guardar, mostrar, despertar interés,
diferenciar objetos que puedan utilizar los niños
por sí solos de aquellos que son especiales y
tienen que ser más cuidados por los adultos”6.
Existe un hilo conductor desde el jardín maternal
hacia los posteriores niveles del sistema
educativo, desde la estructura de los contenidos
seleccionados para ser comunicados, que
seguramente, sólo con un apropiado proyecto
institucional de calidad (entendida esta
posibilidad como la propuesta que genera la
institución educativa para dar respuesta a las
necesidades de la comunidad a la que ella
atiende), y desde proyectos, planificaciones y
prácticas pedagógicas adecuadas, podría
estructurarse un soporte institucional lo
suficientemente valioso como para generar,
desarrollar y/o incrementar la capacidad de jugar
en los niños como así también la optimización de
la riqueza de sus juegos.
La escuela está llamada para cumplir con un
mandato social y para ello son muchas las acciones
que puede asumir, como son múltiples también las
acciones que puede realizar el niño para
apropiarse del mundo que se le es presentado en la
escuela. Los modos en que estas combinaciones se
produzcan, en algunos casos serán determinantes,
en otros, por lo menos influyentes del modo en que
el niño transite su biografía escolar y logre
tramitar exitosamente las dificultades, los
obstáculos epistemológicos que se le presenten sin
que esto devenga en fracaso escolar. Para ello,
“Perrenaud plantea la hipótesis de que las
diferencias entre los alumnos, por sí solas, no
explican nada, no se transforman en desigualdades
de éxito escolar sino a través del peculiar
funcionamiento del sistema de enseñanza”7.
Decía anteriormente que una mirada articuladora
entre juego y aprendizaje brinda al docente
elementos importantes para conocer y
contextualizar a sus alumnos. Conceptuar al Nivel
Inicial y reconocerlo justamente como espacio que
inicia al niño en la estructura del sistema
educativo formal, reconocer sus objetivos y su
modalidad de trabajo, resignifica también el valor
del juego. “Definimos al nivel inicial como un
espacio institucionalizado de enseñanza y
aprendizaje donde socialización y juego se
conjugan con la apropiación de contenidos
educativos por parte del niño... Podemos hablar
del juego como uno de los procesos vitales
esenciales de la especie humana. En el juego se
expresan todas las necesidades, deseos, logros e
intereses del individuo. En el juego, el individuo
se expresa como una unidad, como una totalidad”8.
Desde los diferentes referentes etimológicos
podemos entender a la educación como un desarrollo
personal, como la evolución de potencialidades, y
como el efecto o resultado de una influencia
externa que colabora para la construcción
cognitiva, socio-afectiva y motriz del alumno. Al
decir de Baquero: “Habría algo de incompletud y
apertura al cambio, al moldeamiento, un rasgo de
plasticidad, al fin, en el despliegue de la misma
naturaleza humana que consiste precisamente en
esta suerte de necesaria acción educativa para
lograr su efectivo despliegue”9.
Lejos de constituirse la escuela en una ludoteca,
en un espacio sólo dedicado al juego, seguramente
las prácticas pedagógicas se vean optimizadas a
partir del incremento del juego como estrategia
pedagógica capaz de desarrollar ese plus potencial
de cada niño que lo hace único e irrepetible, y
también como elemento compensador. El comprender
que el juego no es limitativo del Nivel Inicial,
sería un avance en materia pedagógica.
El proceso de recontextualización, la adaptación
de los contenidos a un proyecto institucional, por
otra parte debería tomar al juego como elemento
propulsor de aprendizajes significativos, de
instancia para el trabajo colaborativo, la
socialización, la cooperación y la competencia,
entendida a ésta como la posibilidad personal de
superación individual. Para que ello suceda es
necesario por parte de los docentes la generación
de espacios y tiempos para el desarrollo lúdico y
el reconocerse dotados teóricamente del valor que
el juego remite como tal. Un claro referente
epistemológico de las características evolutivas,
las capacidades, la disponibilidad de los alumnos,
las construcciones mentales que podrían elaborar
en las diferentes etapas, seguramente le permite
al docente planificar, seleccionar, organizar e
implementar juegos favorables para la
equilibración cognitiva, el desarrollo motor y la
optimización de los procesos socio-afectivos que
permiten aprender.
El rol del docente como gestor de aprendizajes
significativos se torna fundamental. “La
motivación actúa, entonces, como una fuerza que
tiende a desatar una reacción con miras a provocar
la reducción de la necesidad”10.
De esta forma, a partir de la motivación docente y
de la implementación de juegos apropiados para
cada grupo se puede elevar el nivel de las
funciones cognitivas.
Conjuntamente con la evolución del jugar, se
producen en el juego otros indicadores de la
evolución y el desarrollo infantil, tales como la
evolución del lenguaje. El desarrollo del
lenguaje, se va vinculando a la expresión lúdica.
“Lo que permite al niño desarrollar todo su poder
combinatorio no es el aprendizaje de la lengua o
de la forma de razonar, sino las oportunidades que
tenga de jugar con el lenguaje y el
pensamiento”11.
Es así que las canciones, adivinanzas, juegos de
palabras, juegos especulares, rimas, cuentos, se
pueden convertir, según las estrategias
didácticas, en elementos favorecedores de la
evolución lúdica.
Baraldi plantea a la capacidad para jugar como el
pasaporte para transitar y tramitar la infancia y
agrega: “Si bien el sujeto ha podido diferenciarse
de sus juguetes, esto no alcanza para hacerlo
conductor de su propia ruta. En otras ocasiones
puede ocurrir que durante el camino el sujeto
pierda su pasaporte para continuar el viaje:
Determinado acontecimiento de la vida puede no
inscribirse y dejar al pasajero varado, sin
recursos para continuar la travesía”12.
La temática del juego toma un valor destacado en
la escolaridad de un niño, en los modos en que se
lleven a cabo sus trayectorias escolares, es por
ello que los modos en que Esparza y Petroli13
ilustran la evolución del juego son fundamentales
para adecuar las prácticas pedagógicas a partir de
estos indicadores:
- En un precioso momento alguna conducta
inteligente se comienza a repetir porque sí,
porque produce placer. El juego sensorio-motor ha
nacido.
- La imitación de gestos y conductas, la evocación
de situaciones y aun de objetos que no están
presentes da lugar al juego simbólico.
El cuerpo se pone en juego al jugar. La
disponibilidad corporal no es un indicador más, no
es un elemento aislado sino que es la vía regia
para conocer al mundo, para ubicarse en él y para
interactuar con los otros. En esta interacción se
pone de manifiesto la distancia entre lo que un
alumno puede resolver por sí solo y aquellas
situaciones en las que requiere la ayuda y el
sostén del docente, o la colaboración de un
compañero más capaz. El trabajo con los otros
posibilita y obliga a la asunción de reglas, a
someter sus actos, necesidades e intereses a la
regulación de nuevas conductas a partir de lo que
quieren, pueden y necesitan otros. “La disciplina
del juego supone en efecto, desde que aparece un
grupo no segmentario, una colaboración entre los
miembros del grupo”14.
Un cambio referencial sobre el juego
Para quienes creemos que la integración de
niños con N.E.E. en escuelas comunes es posible,
viable, deseable para la construcción de una
escuela abierta a la diversidad, que reconozca las
diferencias y las pueda mantener, y con la
intención de trabajar para una sociedad
democrática y pluralista, los mismos referentes
planteados hasta el momento resultan válidos para
pensar las relaciones entre juego y educación
especial. A esta mirada le podríamos agregar
algunos componentes. Dice Lus: “Una buena
educación especial debe adoptar los mismos fines
que fija la educación común, como también los
mismos contenidos, con los límites que el niño, y
sólo el niño sujeto de la educación, vaya poniendo
durante el transcurso de su escolaridad”15.
Pensar un poco más sobre la escuela común y la
posibilidad de integración de alumnos con
capacidades diferentes pone en evidencia algunos
cambios que se produjeron en estos últimos tiempos
en pos de reconocer que el encuentro de los
alumnos en la escuela, el trabajo con otros con
los que tienen características similares y
diferentes, también nos obliga a volver la vista
atrás y reconocer cómo a lo largo de la historia
de nuestra educación se han llevado a cabo estos
procesos. En relación a la temática, Boltrino
plantea: “A la educación especial le ha tocado
abordar los casos que por salirse de la norma
conllevan problemáticas que superan el espacio de
la educación común o general. La escuela en la
actualidad se encuentra ampliando su criterio
hacia la diversidad, la integración, la equidad y
la inclusión. Lo artístico en general y la música
en particular no debería ser un recorte de estas
instancias”16.
Vale la pena entonces trabajar para optimizar
nuestras propias prácticas pedagógicas,
reflexionar sobre nuestras posibilidades como
docentes para interactuar con nuestros alumnos,
jugar con ellos, desarrollar nuestra capacidad
artística en tanto pintar, cantar y analizar qué
ponemos en juego para que ellos puedan jugar.
La clínica psicoanalítica pone su mirada en el
juego como un producto del sujeto, con las
características propias de la evolución del mismo;
desde las edades más tempranas, el sujeto presenta
posibilidades de hacer, pensar y sentir y de
traducir estas posibilidades a través del juego.
Proyectar, reelaborar, canalizar sus
frustraciones, anticipar acciones. La supervisión
permanente del docente sobre su grupo y sobre sus
alumnos, es un elemento clave para decodificar
aquello que no pueda estar representado por el
soporte verbal.
La experiencia de jugar, el poner a prueba al
mundo y a los otros y ponerse a prueba a sí mismo
le permite conocer al mundo y apropiarse de él.
Dice Calmels: “Uno de los sentidos de la palabra
saber se refiere al ‘sabor’, ejercer el sentido
del gusto, o sea, haber probado”17.
Probar no es otra cosa que poner en juego el
saber, hacer, construir desde sus posibilidades,
intereses y necesidades. Se experimenta allí la
sensación única, la experiencia propia particular,
intransferible. El cuerpo se transforma en el
instrumento y el vehículo para la auto-percepción,
la percepción del medio, de los otros y con los
otros, agrega.
Una buena enseñanza deja a docentes y alumnos con
la sensación de querer seguir enseñando y
aprendiendo, de querer ir por más, de saldar
deudas con el pasado, de reconocer al presente
como el aquí y el ahora para pensar los cambios de
nuestra tarea y de poder anticiparnos y proyectar
al futuro y que esta mirada prospectiva se
impregne de aquellas situaciones que deseamos que
puedan vivenciar nuestros alumnos como específicas
de la formación propia y propedéutica que implica
cada uno de los niveles del sistema educativo,
para su desarrollo personal y social.
Esta mirada prospectiva sobre el cambio educativo,
invita y obliga a repensar la formación docente.
Para ello resulta indicado tomar a Fullan (1993):
“La formación docente tiene el honor de ser,
simultáneamente, el peor problema y la mejor
solución en educación”18.
La formación docente no sólo debe dotar de
concepciones teóricas sobre el juego o de
propuestas lúdicas apropiadas para las diferentes
etapas evolutivas, sino también de los indicadores
para poder analizar las acciones de los alumnos en
los momentos de juego. Para ello será necesario:
- Conocer sus saberes previos, necesidades,
intereses, desarrollo real y potencial.
- Determinar una buena estrategia didáctica, de
vigilancia epistemológica, para orientar la tarea
y decidir en función de lo observado los modos de
transponer los saberes designados para ser
comunicados, como así también las instancias para
producir rupturas epistemológicas para colaborar
desde el rol docente con la equilibración de las
estructuras cognitivas, motrices, sociales y
afectivas deseables y necesarias para producir
nuevos aprendizajes.
- Generar desde el hacer cotidiano situaciones
para que los alumnos elaboren puentes cognitivos
(una suerte de articulación entre los nuevos
conocimientos y los saberes que ya poseían) por
medio del juego.
La escuela y los otros
“Si se hiciera un relevamiento acerca de cuál
es el momento de la escuela que a los niños más
les gusta, la gran mayoría de ellos opinarán que
es el recreo. Habría que preguntarse qué es lo que
los niños encuentran en el recreo que los atrae, y
con quiénes juegan. Ni más ni menos que con los
otros niños”19.
En la escuela, en este espacio inicial de
integración social que pone a prueba las
posibilidades de los niños de reconocerse y
encontrarse a sí mismos y de encontrarse con los
otros, de ver a “Otro” e interactuar con él, el
juego es un escenario favorable donde esta puesta
a prueba se hace más tolerante que otras
instancias, donde el error, el temor, las
dificultades se hacen más aceptables.
¿Y qué pasa con los docentes entonces?
En relación a la formación docente y la
preparación para poder aguzar la mirada en las
actividades que desarrollan los alumnos en la
escuela, para intentar garantizar la cobertura de
las necesidades individuales y sociales de los
mismos, también resulta interesante la concepción
vinculada a la capacitación permanente y para ello
el modelo de centro escolar practicante de la
investigación-acción aparece como el reaseguro
para la mejora de la evolución de los alumnos,
como así también de la retroalimentación necesaria
que debe existir en un equipo docente para
intentar la evolución de la institución. “La
investigación-acción, es una forma de indagación
autorreflexiva llevada a cabo por participantes en
situaciones sociales (incluyendo la educacional)
para mejorar racionalidad y justicia de: a) Sus
propias prácticas sociales o educativas. b) Su
entendimiento de esas prácticas. c) Las
situaciones en las cuales las prácticas se llevan
a cabo”20.
Preparar a los futuros docentes y capacitar a
quienes están en ejercicio de la docencia para
colaborar eficazmente con los procesos de
integración o de inclusión escolar, implica en
cierta forma el conocimiento de las
características de las etapas evolutivas y al
mismo tiempo de los procesos que colaboran con la
modificabilidad cognoscitiva estructural,
entendida ésta como “los cambios producidos en el
individuo después de una intervención específica y
un programa de enseñanza, sobre una actitud que no
se encontraría limitada a una sola tarea o a una
sola función sino que afectará en forma
significativa la totalidad del funcionamiento
mental del individuo”21.
Para que dicha modificabilidad pueda producirse y
tener resultados exitosos es fundamental el rol
del docente como mediador para organizar,
seleccionar y priorizar los materiales, elementos,
estrategias y situaciones didácticas entre las que
el juego debe ejercer un papel preponderante.
Dado que el cambio en la formación docente y la
capacitación permanente son deseables y posibles;
necesarios y viables, y que traería aparejado el
cambio en las prácticas pedagógicas, que entre
otras cosas debe reconocer el valor del juego e
implementarlo en los diferentes niveles del
Sistema Educativo, es por ello que tomo
concepciones de Gabriela Diker, quien a partir de
ideas de Larrosa dice: “La acción pedagógica
consiste justamente, según este autor, en un
“Hacer lo real a partir de lo posible”. El cambio
que promete el discurso pedagógico podría
describirse así: nuestros saberes determinan lo
posible, dentro de lo que es posible se establece
lo deseable y nuestras prácticas producen lo
real”22.
Andrea Ledwith*
* Andrea
Ledwith es Prof. de Nivel Inicial, Prof. en
Ciencias de la Educación, Lic. en Ciencias de la
Educación con especialización en Política,
Planeamiento y Conducción Educativa. E-mail:
andrea_ledwith@fullzero.com.ar
Notas:
1- Winnicott, D.: Los procesos de maduración y el
ambiente facilitador. Paidós. Bs. As. 1993.
2- Pruzzo de Di Pego, V.: Biografía del fracaso
escolar. Espacio. Bs. As. 1997.
3- Winnicott, D.: La familia y el desarrollo del
individuo. Horme. Bs. As. 1984.
4- Levin, E.: La infancia en escena. Nueva Vision.
Bs. As. 2002.
5- Schlemenson, S.: El placer de criar, la riqueza
de pensar. Noveduc. Bs. As. 2005.
6- Moreau de Linares, L.: El jardin maternal.
Entre la intuición y el saber. Paidos. Bs. As.
1999.
7- Devalle de Rendo, A., Vega, V.: Una escuela en
y para la diversidad. Aique. Brasil. 1999.
8- AA/VV: Nivel Inicial. Aportes para una
didáctica. El ateneo. Bs. As. 1999.
9- Baquero, R.: La educabilidad bajo sospecha.
Cuaderno de pedagogía. Rosario.
10- Le Bulch, J.: Hacia una ciencia del movimiento
humano. Paidos. Bs. As. 1978.
11- Bruner, J.: En Calceta y otros. La juegoteca.
Niñez en riesgo y prevención. Lumen. Bs. As. 2005.
12- Baraldi, C.: Jugar es cosa seria. Homo Sapiens.
Rosario. 2001.
13- Esparza Petroli: La psicomotricidad en el
jardín de infantes. Paidos. Bs. As. 1990.
14- Chateau, J.: Psicología de los juegos
infantiles. Kapelusz. Bs. As. 1986.
15- Lus, M. A.: De la integración escolar a la
escuela integradora. Paidos. Bs. As. 2005.
16- Boltrino, P.: Música y educación especial. De
La Orilla. Bs. As. 2006.
17- Calmels, D.: Cuerpo y saber. Novedades
Educativas. Bs. As. 2001.
18- Fullan en Aguerrondo, I., Pogré, P.: Las
instituciones de formación docente como centros de
innovación pedagógica.
19- Schlemenson, S. en AA/VV: Políticas,
instituciones y actores en educación.
20- León Guerrero, M. J. en Sánchez Palomino,
Torres González (coord,) Educación Especial. I.
Ediciones Pirámide.
21- AA/VV: Retardo Mental. AVEPANE. Imprenta
Universitaria de la Universidad de Venezuela
(Asociación de padres y amigos de niños
excepcionales). Caracas. 1985.
22- Diker, G., en Frigerio-Diker (comp). Educar:
Ese acto político. Del estante editorial. Bs. As.
2005.